TEJEDORA DE ESPERANZAS
Por María Suárez Toro
Ella es la única que, sentada en el suelo, ocupó todos los lugares en la historia. En una tejedora mesoamericana. Tal vez la maya Francisca Álvarez tejiendo una cosmovisión feminista maya en el libro* en el que se basa la obra El Laberinto de las mariposas.

O pudo haber sido cualquier otra mujer indígena de nuestra región como las tejedoras de canastas y petates de Quitirrisí cerca de Puriscal en San José que llegaron el tercer día en que se presentaba la obra para ver el resultado de un proceso en el que habían tenido amplia participación. Rosario, Katia, Julieta y Vera Cruz Hernández habían dedicado dos días en los cuales pacientemente se sentaron con la directora y productora del texto del Laberinto de las mariposas, Ailyn Morera para enseñarle la ciencia y el arte de su tejer.
Pudieron haber sido las tejedoras de güipiles y manteles mayas que en la Escuela Índigo en Antigua, Guatemala. Mujeres como Alicia y Matea Alonzo que también nos dedicaron un día para que aprendiéramos de sus ancestrales tejidos.
Todas tejen sueños, tejen paradigmas, tejen redes sociales y tejen telas para vestir y adornar la vida.
Ese personaje es el único entre todos los que aparecen en la obra, que se coloca en el centro del escenario y de ahí nunca se mueve. Siempre está tejiendo mientras se pregunta si misma, hace preguntas al público y le pregunta a la historia. Cada interrogante es un golpe de conciencia que nos interpela. “Definitivamente nos hemos desviado….” ¿Quién dijo que cuerpo y mente son distintos y que separarlos es mejor que dejarlos juntos? ¿Quién dijo que la naturaleza es una y nosotros somos otra cosa y superiores a ella?”
Raquel Hernández es la tejedora en la obra. Entra con un canto ancestral que inmediatamente apacigua los ánimos de la escena anterior. Boc Dong Kim de Corea ha dejado al público cansado, triste y desolado.
Las “Mujeres de Solaz”, esas que fueron forzadas a salir de sus casa obligadas por la fuerza a servir sexualmente a los soldados del ejército japonés en la II Guerra Mundial, cuando se decidieron a romper el silencio, no dejaron nada sin narrar. “Los fines de semana teníamos que servir hasta 40 soldados… todas habíamos sido campesinas sin experiencia sexual… cuando me resistí, la paliza fue tan grande que ya no pude oponer resistencia….”
Ahora la tejedora se coloca un delantal maya mientras canta. El coro de guardianas de la historia canta con ella desde sus crisálidas que van cambiando de color conforme se intensifica el canto.
La tejedora es ciega, por lo que ve mas allá de lo que ve una mirada. Trabaja los hilos desde el tacto porque toca la vida en cada punto. Hila la historia desde la historia misma, hilvanada por la pregunta y la interpelación crítica y paradigmática desde el cuido de la vida.
Invoca también. Ve pasar por la trama de la historia y pide que le abran las puertas a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, esas argentinas que en la dictadura de los … politizaron la maternidad cuando se resistieron a aceptar las desapariciones forzadas de sus hijas, hijos, nietas y nietos. Ve pasar a las mujeres de la Ruta Pacífica de Colombia, esas que han decidido que no van a parir más hijos para la guerra. Y observa y celebra las Mujeres de Negro en Medio Oriente que tanto de Palestina como de Israel, trabajan juntas contra la guerra.
Y termina tejiendo todas las historias que forman parte de la trama fragmentaria de la obra teatral. La de Lucy (María Alejandra Solórzano) como la historia del papel de las mujeres en la evolución de la especie a través de nuestros cuerpos y nuestro cuido.
La de Mileva Maric (Raquel Hernández) recuperando su lugar en la historia de la ciencia a través de nosotras. La de Rosa Parks (Doris Campbell) en la historia de los derechos civiles, contada desde ella. La de Boc Dong Kim (Alejandra) y las “mujeres de solaz” en la II Guerra Mundial y las de ahora, en las guerras modernas, rompiendo décadas de silencio y tratando con tantas otras de parar las guerras.
La de “Molly” (María Fernanda Campos), ese personaje ficticio en el que nos vemos reflejadas todas de una u otra forma: esa mujer programada para no aceptar su cuerpo como es, esas que en las tecnologías que se resisten a ser programadas pero no necesariamente escapan la colonización de las mentes.
Y esa tejedora mesoamericana tejiendo universalidad desde nuestra identidad feminista, un feminismo que lejos de referirse exclusivamente a las mujeres, lo aborda todo desde una mirada integrativa desde ellas para todo el mundo, que tiene a su centro la recuperación del paradigma del cuido.
Nos interpela y se interpela a si misma. ¿Por cuál hilo empezar a tejer esa resistencia a dejar atrás nuestros paradigmas ancestrales? ¡Raquel lo integra cuando dice “lo femenino está tan desvalorizado que nosotras mismas nos desvalorizamos!”
Pero… ¿De qué “femenino” esta hablado? Eso solo lo podemos hacer en autonomía desde nuestra experiencia como mujeres, no puede venir de nadie más.
(fin)