SLUMDOG MILLIONARIE Y EL CAMINO
Dos caras de un mismo drama
Maria Suárez Toro
La película ganadora de 8 Oscares este año, “Slumdog Millionaire” del inglés Danny Boyle es la versión hollywoodense del drama del impacto que tiene en la niñez la creciente miseria en el mundo. A las espectadoras y espectadores nos mueve la inseguridad y el miedo a la profundización de la brecha económico-social que vivimos actualmente en todas partes frente a una crisis que recorre todos los ámbitos de vida en el planeta.
“El Camino” de Ishtar Yasim de Costa Rica trata el mismo tema, pero difícilmente llegue a Hollywood, ya que no le hace concesiones ni al drama que vive ni a nuestros miedos e inseguridades en medio de esa creciente brecha
India – el escenario de Slumdog Millionaire – es un país donde el 27% de la población vive por debajo de los niveles de pobreza. En ese país, el 10 % más rico es 7. 3 más pudiente que el 10 % más pobre.
En Nicaragua – donde se desarrolla El Camino - la brecha entre ricos y pobres ha crecido en forma alarmante. El 47% de los 5.4 millones de nicaragüenses vive "por debajo de la línea de la pobreza", según el representante de la ONU en Managua, Alfredo Missair.
Slumdog Millionaire nos presenta la realidad de la brecha en un barrio de Mumbai con toda su crudeza. Las imágenes de la vida de niñas y niños dejan poco a la imaginación. Es mas, no hay que imaginarse nada ya que al contrario de lo que hace Bollywood – el equivalente en India de la empresa de producción cinematográfica al Hollywood de Estados Unidos – que solo filma en estudios, esta película está filmada directamente en la barriada donde vive el niño protagonista de la cinta, Jamal.
Las condiciones de vida son crudas y cruentas; en medio de ello las niñas y los niños sobreviven como pueden. Escapan de la persecución de los fundamentalistas a las poblaciones musulmanas como es el caso de los protagonistas, viajan clandestinos en los techos de trenes, comen lo que encuentran y se las rebuscan apenas para sobrevivir. Y claro, terminan cayendo en las redes de explotación infantil que en el caso de la niña, se mezcla con la prostitución forzada.
Pero en esta versión “Hollywood” de la miseria, la mirada más cruda de la pobreza y la crueldad puede durar apenas una hora. Sesenta minutos que apenas nos preparan para desear salidas rápidas que nos reduzcan la angustia.
Existen en la película y existen en América Latina. Está en nuestro contexto la esperanza en ganarse la lotería que en la película se expresa en el hecho de que Jamal gana un concurso haciéndose millonario de la noche a la mañana. Está en nuestra región en el amor tipo “tiempos del cólera” y el de Don Quijote que en la cinta se expresa como una novela de televisión. Y está el baile y el canto en masa cuando nuestros equipos nacionales ganan el partido de fútbol, que en la película se expresa en la manera en que al final todo el mundo baila y canta el amor y el triunfo del niño y la niña pobres que conquistan en amor y el mercado.
Es el caso novelesco de un niño pobre de un barrio pobre de Mumbai en la India que encuentra dos salidas rápidas y sensacionales a la situación que vive la mayoría de su pueblo.
Eso puede que explique cómo una película, que en realidad no era de Hollywood y contó con pocos recursos para popularizarse rápidamente, recorriendo el mundo al conectarse con los mas profundos deseos de ricos y pobres de encontrar salidas rápidas y fáciles.
A fin de cuentas, en estos tiempos de crisis financiera que afecta a todo el mundo - aunque no por igual, - la inseguridad que nos genera no poder sobrevivir los embates del capital especulativo tal vez nos hace especular que la suerte tipo lotería, el amor quijotesco y la euforia masiva del que triunfa de esa manera.
Los 8 Oscares sin duda podrían ser bien merecidos en los círculos de Hollywood, pero no ha gozado del mismo agrado en los barrios donde se desenvolvió la trama y se desenvuelve en la vida real de la niña y niños que son los caracteres principales en la cinta. Han habido revueltas, manifestaciones y protestas. No les ha tocado nada del triunfo millonario de la película, ni los Oscares ni la suerte de haberse conectado con las salidas mágicas. Siguen igual o peor, porque ahora sin duda les tocará vivir la invasión del turismo de las favelas. Gente que lleva a ver, oler, fotografiar, conmiserarse e irse de regreso a su hotel bañarse y comer una buena comida.
Hay otra película, de producción costarricense, que presenta la misma problemática. A pesar de haber ganado ya un número mayor de premios* que Slumdog Millionaire, ni siquiera llegó a Hollywood porque es una película sin concesiones.
El Camino, de Ishtar Yasin, es la historia de Soslaya, una niña nicaragüense que junto con su hermanito Darío huyen del barrio de Acahualinca en el basurero de la ciudad de Managua para ir en busca de su madre, una emigrante forzada que se ha ido a Costa Rica tras alguna fuente de sobrevivencia.
La travesía es el camino de escape de una situación de miseria que se mezcla con el abuso, pues la niña está pronta a ser abusada por su abuelo en la champa donde habitan. El padre de la madre, escogido por ella como guardián en el que depositó la confianza para cuidarle sus hijos.
En esta película, la primera manifestación de explotación y abuso infantil no empieza en la calle, comienza en la propia casa. Lo que pasa después en el camino es una extensión, no una ruptura en la vida de la niña. Y en esta cinta no aparecen príncipes azules, ni programas de TV para hacerse millonaria, ni nada que celebrar al fin del camino.
Nos vamos encontrando en el camino que recorren Soslaya y Darío con las múltiples expresiones de miseria, sobrevivencia y de realismo religioso de la gran mayoría del pueblo: las gigantonas de los indígenas cuando la colonización los diezmaba, la Purísima que nunca termina siendo tan purificadora para las niñas y las mujeres víctimas de la violencia de género y su intersección con la violencia de la pobreza, etc.
En esta travesía no hay trenes para salir huyendo con la velocidad del rayo. Aquí la cosa es a pie y con tropiezos, entre los valles, ríos y montañas, entre las inclemencias del tiempo en Nicaragua y Costa Rica y las incongruencias de una Costa Rica que le ha tendido o ha permitido que se creen redes especializadas de explotación en las cuales la población nicaragüense es una de las principales víctimas. Lo es también de la política actual de un gobierno que ignora el incesto y lo mantiene en la impunidad al perseguir a las mujeres que luchan por los derechos de las víctimas de la violencia de género.
El Camino nos deja los retos de la complejidad de una situación tan interconectada en todas las formas de abuso en este mundo, que no da pie para salidas fáciles. Se integran los asuntos económicos, los de las relaciones de género, lo social y políticos y hasta ambientales.
El Camino es sin concesiones a Hollywood y a nuestros temores e inseguridades en el panorama actual. No hay fórmulas mágicas ni salidas fáciles y mucho menos amores de Quijote.
Yasin desnuda nuestra mirada, convocándonos a no hacernos concesiones tampoco, a repensar estrategias integrales y a largo plazo que no dejen nada y a nadie por fuera.
Fin
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