In The Heights: Honrar los paradigmas de las abuelas

 

                        

 

 

 

Dedicado a Gladis Acosta, que va a ser abuela por primera vez este año

 

                                                                                                      Por María Suárez Toro

 

                           

In The Heights es una obra muy  latinoamericana y podría ser feminista. Está situada en Washington Heights en la Isla de Manhattan en la Ciudad de Nueva York pero su contexto y referente es la migración latinoamericana que siempre vive en al menos tres  sitios: el país de América Latina y El Caribe que es origen de sus antepasados, el barrio actual que han creado y el lugar a donde quieren irse en cuanto  puedan salir de donde están.

 

El drama que se les presenta a los hijos y nietos de esos migrantes es que viven desorientados por ser supuestos wanabes que supuestamente se han desarraigado de su origen por que supuestamente no saben donde están parados.

 

El reto que se les presenta es dual: El replanteamiento y rescate de la identidad, por un lado y, por otro, la búsqueda de oportunidades para encontrar la felicidad en las oportunidades que no tuvieron sus abuelos en sus países de origen y que les hizo migrar a la tierra prometida en los Estados Unidos donde crearon “los barrios” y trabajaron intensamente para que las generaciones que les siguen puedan realizar sus sueños mas allá de las fronteras que ellos tuvieron en sus países de origen y en los barrios que han ocupado.

 

Resolver el drama tiene al menos tres propuestas. Una es plantar la bandera en la nueva tierra, cosa que todas y todos hacen In the Heights en su afirmación de una identidad nacional que se convierte en política porque se resiste a perderse el melting pot que nunca sucede. La discriminación económica, política y cultural no lo permite. “En la Universidad de Stanford lo que los estudiantes llaman ¨una cabaña para pasar un fin de semana es una mansión” dice Vanesa (Marci Harriell), una estudiante puertorriqueña que debe abandonar su carrera en esa universidad porque la beca no le fue suficiente. Aunque sus padres la apoyaron con el dinero su pequeña empresa en el barrio,  todo junto no fue suficiente por lo que tuvo que sostener dos trabajos además de estudiar. Con ello la palabra oportunidad cobra más de una cara.

 

“Oportunidad” no es solo una beca, es el engranaje de condiciones de pobreza, discriminación y exclusión en la que ella como mujer, mujer latina y migrante está envuelta. Abandona sus estudios y regresa avergonzada al barrio porque sabe que su ida a la universidad condensaba las expectativas de toda la comunidad de que una de las suyas pudiera saltar más allá del glass ceiling impuesto por el contexto.

 

La otra es bailar y cantar por la vida al son de la música propia no importa en el idioma  que se expresa. In the Heights es una obra musical de 24 canciones porque la resistencia y reconfiguración de la identidad cultural en el exilio latinoamericano tiene su mejor expresión en el arte y la cultura cuando todo lo demás parece que desaparece. La parranda, el aguinaldo, el carnaval. la improvisación y la controversia en la bomba y plena, pero también en el hip hop actual, recoge los hechos el acontecer de la cotidianidad de la vida que no aparece en la prensa ni en los libros de historia pero que queda escrito en el  ideario de la épica del acontecer cotidiano que se teje la vida comunitaria. Así aparece en la canción “Hundreds  of Stories” (cientos de historias) cantada por el personaje principal Usnavi (Lin Manuel Miranda) y la abuela Claudia (Olga Merediz).

 

Y la tercera es la de recuperar el cordón umbilical de la identidad, los sueños y los ritmos orgánicos de la vida honrando las abuelas. Hay que resaltar las tres propuestas  su unidad indisoluble, pero quiero enfocar en la tercera: la abuela, ese personaje que teje las vidas de todos en la comunidad alrededor de los elementos que incluyen pero van más allá de las oportunidades y falta de oportunidades.

 

La abuela, esa mujer que hilvana la historia actual en la aparentemente inhóspita y fría cuidad con el calor de la vida al Sur del Río Grande. La abuela, esa que sin saber leer y escribir ingles – y muchas veces ni siquiera el español; o esa que hoy día no conoce nada de las complejas materias computarizadas que estudian sus nietas y nietos, los empuja a estudiar sentándose pacientemente con ellos como si supiera lo que están aprendiendo.

 

La abuela, esa cuyo saber es pura sabiduría porque sabe que lo que ella les está enseñando no viene en los libros, ni en las computadoras, ni en las materias escolares: Esfuerzo y aprovechamiento de las oportunidades que trae la vida.

 

En la obra la abuela es la que se convierte en el punto de cruz de todas las encrucijadas porque se resiste a separar oportunidades de ideales, identidad de contexto y aprovechamiento y esfuerzo con su continuidad en el tiempo.

 

Recuperar el cordón umbilical es remendar la disociación entre las generaciones, recordándonos que hay un hilo común entre los que se vinieron de primeros, los que siguen viniendo y los que nacieron en el nuevo contexto. A todos los ha movido y los sigue moviendo lo que permanentemente enfatiza, enseña y recuerda la abuela: paciencia y fe. Es la abuela la que teje con la paciencia y la convicción, que son el hilo que teje todo lo demás.  

 

Por eso hay que plantar la bandera, por eso hay que bailar y cantar al ritmo de la música propia, pero por eso hay que honrar las abuelas. Porque solo ellas han pasado por la vida suficiente tiempo como para saber a ciencia cierta que nada de lo que vale en la vida viene fácil o viene sin quererlo. El valor de lo que vale está tan tejido en la trama de la historia personal, familiar, nacional y global, que no hay forma de saltarse el poder hacer las conexiones.

 

Son ellas las que lo saben porque aunque ellas han vivido el mismo largo tiempo que los hombres de su tiempo, son ellas las que lo han hecho cuidando la vida, toda la vida y a todos en la vida.

 

Por eso me dolió ver los afiches de la obra al salir del teatro Richard Rodgers en Broadway donde disfruté de la obra el pasado 1 de febrero. Tan impactada que salí de la obra por el papel de la abuela Claudia en la trama que cuando la busqué en el afiche principal pegado por toda la calle, me decepcioné cuando vi que sólo presenta a tres hombres personajes en la obra. Son fantásticos en sus caracteres y su actuación. Usnavi, el nieto adoptado de la abuela. Benny (Christopher Jackson), el novio de la estudiante en Stanford y Kevin (Rick Negrón). Pero faltaron ellas.

 

Tanta falta me hizo la abuela en algún lugar central en los afiches que al terminar el espectáculo me fui a esperarla afuera. Salió por la puerta de teatro tan majestuosa y sencilla como apareció en la obra. Se tomó el tiempo de darme su autógrafo en el programa de mano como lo hizo con una sonrisa cálida para toda la gente aglutinada allí para que le firmara. Es más, la vi doblar la espalda para saludar y acariciar a las niñas y niños que entre la muchedumbre y la desventaja de su tamaño para que ella siquiera los viera, querían tuvieron la fe y la paciencia para conseguir su firma.

 

Abuela “Claudia” la inclaudicable que no puede dejar de creer y ayudar a crecer en la vida. Son otros los paradigmas con los que viven las abuelas. Han cuidado tanto y en tantos ciclos orgánicos de la vida que no solo saben lo que se necesita, saben como enseñarlo.

 

Algunos solo lo aprenden “tarde pero a tiempo” cuando ya se han ido las abuelas. Ese es el caso de “Usnavi” en la obra. Ojalá que él, que es el personaje principal, gestor de toda la música y quien concibió la obra, sepa poner en la publicidad el aporte de las abuelas para ver si llega al debate social en Estados Unidos sobre los aportes paradigmáticos de la migración y la identidad latinoamericana, que es lo que hace la obra aunque todavía no incluye con suficiente fuerza la fortaleza de las mujeres.

 

Me da la impresión que quienes dirigieron la obra (J.M. y J.L. Nederlander)  lo saben y lo aprendieron de las abuelas, pero no han comprendido lo que ello dice sobre el papel de las mujeres para lograr los cambios que se necesitan para modificar el estatus de nuestras comunidades y el destino de nuestros países en el continente en su relación con los Estados Unidos y el resto del mundo. ¡Pero están a tiempo!

 

(Fin)

 

María Suárez Toro es puertorriqueña, migrante voluntaria en Costa Rica. Es autora del libro Mujeres, metamorfosis del efecto mariposa publicado por Editorial Farben-Norma en Costa Rica en el 2008. El libro ha servido de fuente para la obra de teatro El Laberinto de las mariposas  de la directora Ailyn Morera.

 

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