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Viñeta No. 6
Lo espiritual es político/Diálogo entre dos amigas.
[Alda]
Bueno Paca, por fin estamos aquí después del diálogo tan rico que tuvimos en colectivo a través del internet hace unos meses, con todo un fin de semana para sentipensar colectivamente nuestra espiritualidad. Ya sabés que me encanta la idea de hacer cosas que me ayuden a lograr un acercamiento a lo que yo llamo mi verdadero ser, pero tener la oportunidad de hacerlo en colectivo, es una bendición. Que todas nos ayudemos mutuamente, en lo que sea, es uno de los principios fundamentales del feminismo. Hacerlo en cuanto a nuestra espiritualidad puede bien ser uno de los actos más revolucionarios en que nos podamos embaucar. Recordá que por ahí de los años sesenta y setenta, las feministas nos reuníamos en grupos de “consciousness raising” (no encuentro las palabras en español que describan este proceso) para ayudarnos a adquirir una conciencia feminista y fue con esa conciencia feminista que logramos cambiar tantas cosas y a nosotras mismas. Jamás hubiéramos logrado desarrollar las teorías feministas que hoy nos ayudan a entender tanto mejor nuestra situación en el patriarcado, si no hubiéramos adquirido esa conciencia feminista, esa forma de estar y entender el mundo y de amarnos en él.
Fue en esos grupos de “auto conciencia” por decirles de alguna manera, que descubrimos que lo personal es político y cómo el patriarcado había permeado hasta nuestros pensamientos y sentires más íntimos. Fue hablando desde nuestra subejtividad que nos dimos cuenta que nuestros saberes concientes, nuestra estética, aquello que llamamos bello o arte o sublime, también está permeado de los valores patriarcales o mejor dicho, también están enmarcados en el paradigma dominante patriarcal. Nos concientizamos de que la forma de disfrutar de la sexualidad, de la comida, de la vida, también estaba definida por los parámetros del patriarcado. Fue así como nos dimos cuenta que teníamos que tener estrategias en todas estas áreas si queríamos realmente acabar con el patriarcado. Y esa conciencia feminista que logramos en esos grupos fue la que nos llevó a actuar políticamente hacia el Estado y hacia las organizaciones internacionales.
Sé que mucha gente que no estuvo presente en esos años piensa o les han dicho que era una perdedera de tiempo, un hablar y hablar de asuntos íntimos y personales. Dicen que ahora no hay tiempo para eso porque tenemos que combatir un patriarcado globalizado y con armas fortalecidas. Pero no es así, los grupos de auto conciencia nos ayudaron a aclararnos sobre tantas cosas, nos ayudaron a quitarnos culpas y prejuicios y nos hicieron aprender a respetarnos en nuestras diferencias. Y sin esto, no podemos luchar contra un enemigo tan poderoso y a la vez tan sutil. Por eso pienso que estar este fin de semana ayudándonos a adquirir otra conciencia es una magnífica idea. Pienso que todo lo que hagamos hacia la adquisición de esa conciencia es un acto político porque si la política es toda actividad que lleve a la transformación social, sólo con una nueva conciencia podremos transformarla en una que no explote, ni oprima ni discrimine a nadie. Y, después de todo, eso es lo que busca la política feminista. Y, he ahí, la relación estrecha entre espiritualidad y la política feminista.
Paca:
Cierto, el trabajo es parecido al que tuvieron que hacer las feministas que iniciaron esta ola del feminismo de los sesentas, con sus grupos de auto conciencia y de auto ayuda: se buscaba entender qué, quiénes y cómo éramos las mujeres, pues estábamos tan desdibujadas y disfrazadas por la dicotomía sexual, que había que buscar a la mujer adentro de nosotras mismas. La idea de ‘lo personal es político’ se dio para poder empezar a combatir la dominación masculina, que permeaba todo nuestro ser; la opresión de las mujeres iba mucho más allá de estar excluidas de los espacios de decisión social/ política o de tener acceso a las oportunidades que ofrecía el sistema. Esa opresión política calaba hasta lo personal: nuestros deseos, nuestros gustos, nuestros sentimientos, nuestros estilos de vida y más. Y no debemos olvidar que lo sigue haciendo. Al decir ‘lo personal es político’, las feministas de esos años planteaban que la transformación personal es un acto revolucionario, de rebeldía política contra la opresión patriarcal. Se buscaba valorarnos nosotras mismas como personas plenas, para que se nos valorara; darle un valor a nuestros aportes a la sociedad, para que éstos fueran valorados.
Se recurrió a grupos de apoyo en dónde, al compartir experiencias, rompimos el silencio sobre las muchas frustraciones que sentíamos: como madres, como hijas, como pareja en las relaciones hetero y homo sexuales, como ciudadanas, como personas con inquietudes intelectuales y sociales, etcétera.... En estos grupos se empezó a trabajar mucho con la autoestima de las mujeres, pues entendimos que para transformar el patriarcado, teníamos que reconstruirnos y valorarnos; transformarnos en personas asertivas dentro de un sistema opresor. Se trataba de encontrar a la mujer adentro de nosotras mismas, de saber quiénes éramos, qué éramos las mujeres, para poder exigir cambios favorables a nuestro ser en la sociedad.
Comenta Alda:
Talvez lo que no imaginamos en aquel entonces, es que estábamos creando un saber feminista que hoy en día es todo un cuerpo de conocimiento que aunque todavía no valorado como tal, está ahí para quien tenga deseos de conocer una realidad menos parcializada que la creada por las epistemologías dominantes.
Pero volviendo a la epistemología feminista, les recuerdo que tiene como uno de sus principios crear el saber desde la perspectiva de las experiencias vividas de las mujeres y que para hacerlo hay varias metodologías. Una de ellas es la “standpoint epistemology” algo así como la epistemología del punto de partida.
Viñeta No. 7
La epistemología del punto de partida.
La Dra. Sandra Harding argumenta que partiendo de la vida de las mujeres se logra un conocimiento más objetivo de la realidad social. Argumenta que para entender mejor qué es el trabajo doméstico, por ejemplo, es necesario partir de la vida de una madre, ama de casa y no del padre proveedor. Haciendo un parangón con el ejemplo Hegeliano de que para comprender “objetivamente” la sociedad esclavista, es preferible partir de la observación de la vida del esclavo, La Dra. Harding insiste en que si se parte de la vida de esa ama de casa no sólo se tiene acceso a la concepción de mundo masculino de su marido en el cual ella está inmersa, sino que se tendrá una concepción más objetiva de la estructura de la sociedad porque también se tendrá acceso al mundo invisible de los servicios que esa mujer le presta a su marido y al resto de los y las miembras de una familia.
En sentido contrario, si se trata de comprender la realidad partiendo de la vida del hombre, sólo se tendrá un conocimiento parcial, porque éste ignora por completo la vida y actividades de las mujeres y peor aún ni siquiera está consciente de los privilegios que tiene como hombre o los servicios que recibe por su condición de género. Cuántos hombres están conscientes de que la casa que compraron con su salario, también la compraron con las horas de trabajo no remunerado de su esposa, por ejemplo. O cuántos hombres científicos, escritores, políticos, juristas, etc., están conscientes de que toda su labor intelectual no sólo es producto de sus esfuerzos sino también del hecho de que desde niños fueron estimulados y valorados como seres pensantes y porque desde su condición de hombres en este patriarcado, pueden dedicarse a pensar en abstracto porque tienen el espacio y el tiempo para hacerlo gracias a que hay una o más mujeres que se encargan de su comida, ropa y hasta de sus necesidades afectivas.
Por eso la Dra. Harding insiste en que para conocer la realidad social, es preferible partir de la vida de las mujeres porque desde este punto de partida necesariamente se conoce la vida de los hombres, es decir, necesariamente se conoce el mundo diseñado por ellos en el cual ellas están inmersas.
(Y yo le diría a la Dra. Harding que si bien es cierto que partiendo de la vida de los hombres se tiene una visión más parcializada de la realidad social, esto se puede subsanar si ellos partieran de su subjetividad conscientes de que no son el centro del universo porque así sí se visibilizarían todos los servicios, afectos y placeres que las mujeres les prestamos para que puedan ser científicos, políticos o pensadores.)
La Dra. Sandra Harding profundiza esta idea instándonos a reflexionar sobre el concepto de “trabajo doméstico”. El que a esta actividad que las mujeres hacen en sus casas se le reconozca que no es una actividad instintiva o una labor de amor es en cierta medida un avance, sin embargo, tiene el gran defecto de que conceptualiza la actividad que el Patriarcado ha asignado a las mujeres en analogía a la división que los hombres han hecho de su actividad, en trabajo remunerado en la esfera pública y ocio en la esfera privada. Es decir, conceptualiza el trabajo doméstico partiendo del hombre como central a la experiencia humana y a la mujer como la periferia.
¿Es el trabajo domestico, trabajo? ¡Sí! Gritaremos todas las feministas. Sin embargo, no tiene salario, ni una pensión, etc. ¿Es entonces ocio? Obvio que no. Sin embargo, aún bajo las peores condiciones la actividad que las mujeres desarrollan en sus casas tiene sus aspectos gratificantes y creativos pues la crianza de las hijas e hijos, el cuidar la salud de los seres que una ama, ver a las personas comiendo lo que una ha cocinado, crear un vestido que estrenará nuestra hija, prestar atención a los sentimientos y emociones de nuestros seres queridos y muchas otras más, son todas actividades que tienen el potencial de llenarnos de placer. Por ello, el llamado “trabajo doméstico” no puede ser entendido dentro del binomio trabajo/ocio porque ese concepto parte de la vida de los hombres.
Pero si esta actividad fuese entendida con conceptos que parten de la vida de las mujeres como ellas las experimentan en vez de partir de la vida de los hombres con conceptos que explican su realidad y experiencia, tendríamos un concepto más objetivo y claro de lo que es la actividad que realizan las mujeres en sus hogares. También tendríamos una gama más amplia de lo que es la actividad humana. Es decir, con este ejemplo podemos ver que partiendo de la experiencia de los hombres para nombrar y analizar una actividad que repercute en la vida de hombres y mujeres nos da una idea falsa o parcial de lo que es esa actividad, mientras que si partiéramos de la vida de las mujeres, tendríamos una visión más clara, más holística de la actividad humana dentro y fuera de la esfera privada porque además de poder conceptuar que existe trabajo remunerado en la esfera pública y ocio en la privada, reconoceríamos que también existe otra actividad—la que las mujeres realizan en sus casas—que además de no ser ni trabajo ni ocio, es una actividad que incide tanto en la esfera pública como en la privada. Es más, la conceptualización misma del trabajo remunerado, su estructura y diseño, no podrían mantenerse sin la actividad que las mujeres realizamos en nuestras casas. Pero, debido a que esa actividad es invisibilizada cuando se parte de la experiencia de los hombres, no podemos ver ni entender la verdadera estructura del trabajo remunerado, ni podemos ver lo absurdo y falso de dividir toda la actividad humana en esferas pública y privada.
Las feministas necesitamos crear conocimiento desde la subjetividad de las mujeres no porque creamos que la de los hombres no tenga el mismo valor, sino porque la vida, saberes y experiencias de las mujeres no han sido tomadas en cuenta ni por los pensadoras del paradigma anterior, ni por los del llamado nuevo paradigma como bien lo afirma María Suárez en su “Koan sobre George Eliot, una trasvesti literaria.”
Viñeta No. 8
La ciencia en el régimen del conocimiento.
Por María Suárez
Carta imaginaria de George Eliot:
”Amigas y amigos que me leen. No tienen idea cómo me ha costado dilucidar con meridiana claridad qué es lo que está detrás de todo este enredo. Como buena trasvesti literaria, que transgredió todo, desde el lugar de las mujeres en la literatura, en la sociedad, en la ciencia y hasta en las mentes de los hombres que nos invocaban discursivamente, me puse a buscar por todos los rincones alguna idea de qué es lo que estaba detrás de esto.
No ha sido fácil. Por un lado, las feministas de la ciencia critican la ideología que permea las construcciones científicas, las cuales científicamente califican de patriarcales los análisis estructuralistas de la sociedad, algunas veces ignorando los epistemológicos. Brillantes sus análisis, al punto que en cada lectura encontraba elementos nuevos que develaban como sucede la discriminación de las mujeres en las ciencias, en términos de las estructuras.
Pero también me quedaba un cierto vacío cuando las leía, porque la
verdad es que sus análisis no me explicaban lo que en este libro
”Mujeres: en el filo de los cambios paradigmáticos” María venía
sintiendo, cuando resonaban en ella tantas voces femeninas en la
historia - dentro y fuera de la ciencia - que las colocaba
como "emergentes de un paradigma resurgente" (como dice el Grupo 13):
¿Por qué no han logrado colocarse ellas y colocar sus perspectivas en
un lugar significativo en las cuestiones epistemológicas de la ciencia?
Es decir, que los análisis estructuralistas sobre las ideologías y la
ciencia, fueran marxistas como los de Sandra Harding (1986), o otras
más esencialistas como el de Vandana Shiva (1998), o las
paradigmaticistas "Nueva Era", como el de Marilyn Ferguson, etc.
han ubicado lo que pasa con el poder en la ciencia, buscandolo en el conjunto de los procesos político- sociales, ubicando lo epistemológico
en su relación con el género (poder) como se expresa en la ciencia misma.
Sobre esto encontré pistas en Bateson (1999), en Morín (2003) y
en Varela y Maturna (1987) pero con tremendas limitaciones. Desde Capra hasta Maturana, pasando por Assman, el tratamiento del aporte de las mujeres se hace desde un rescate de "lo femenino", planteando que está activo en las mujeres y pasivo en los hombres; que hay que recuperarlo en los hombres y reconocerlo en las mujeres, para lograr el balance y la armonía con características que los hombres han perdido y que las mujeres mantienen, o mejor dicho, tienen, pero no lo relacionan con epistemología.
Las razones de estos autores y otros, acerca de la pérdida de esos
atributos "femeninos" en los hombres y su expresión en las mujeres son diversas. Unos plantean que es por la fragmentación del paradigma
newtoniano y otros que es por la dominación patriarcal, pero siendo
científicos… ¡Casi ninguno lo aplica a la ciencia!
Lo que tienen en común quienes no lo relacionan con la ciencia es que
corren el riego de erigir "lo masculino" y "lo femenino", no como
construcciones sociales e históricas que se expresan en las metáforas,
métodos, observadores y observaciones de la ciencia, sino
como algo intrínsico a humanas y humanos.
¡Y eso es precisamente, lo que muchas feministas cuestionamos, porque
eso tiene importantes consecuencias epistemológicas!
Veamos un ejemplo en lo denominado "femenino" y "masculino" comos si fuera el equivalente al "yin" y el "yan" de las ciencias orientales.
Eso es una metáfora, porque el "yin" y el "yan" se refieren a campos
de la energía, mientras que "lo femenino" y "lo masculino" son un
producto recursivo de la construcción social e histórica del
patriarcado que fragmentó y dividió las características (integrales)
de seres humanos: poder vital, afectividad, subjetividad, racionalidad, corporalidad, intelectualidad, productividad, reproductividad, etc.
En el cuestionamiento feminista está implícito también la crítica a una
forma de hacer política desde el paradigma resurgente: la de restarle
autoridad política a las mujeres, colocando sus aportes como parte de
su "condición femenina natural" y no de sus resistencias y aportes en
la historia (de cada mujer y colectivamente).
Así, se promueve que ellas aportan algo diferente porque son féminas,
como si lo trajeran en los genes, y no porque pueden haber optado por
resistir - pasiva o activamente - a los designios de los sistemas y
paradigmas reduccionistas y dicotómicos, reconociendo que las
dinámicas de poder (Foucalult), aún la más feroz, sea re-contra-
represiva o re-contra-configurativa, no logra controlarlo todo, ni a todas las personas y colectividades.
Comenta Alda:
Y ya para terminar, los dejo con cuatro viñetas más que considero hablan de lo que se puede entender cuando quien conoce se sabe parte de lo que se conoce:
Viñeta No. 9
El imperio contra ataca. (extracto)
por Alda Facio
En los inicios del denominado Siglo XXI de uno de los planetas menos civilizados del universo, un inmenso poder económico, político, simbólico, social y militar estaba en las manos codiciosas de unos cuantos hombres enfermos de una misoginia tan severa que habían llegado a despreciar hasta la vida misma. La enfermedad se había manifestado unos 5 o 6 mil años antes, cuando los humanos de sexo masculino descubrieron que ellos también participaban en la reproducción de su especie: en vez de celebrar este hecho, algunos dieron rienda suelta a su resentimiento por los años perdidos en la veneración del poder creativo de las mujeres. Su amargura los envenenó tanto, que empezaron a odiar todo lo relacionado con lo femenino. Con el correr de los tiempos, su amargo sentir los llevó a desarrollar una ciencia de la destrucción y una tecnología basada en una lógica necrófila, orientada a la acumulación de bienes, de males y de mucho, mucho poder.
Fue tanto el poder que lograron detentar que para aquel Siglo XXI, en el llamado Planeta Tierra existía un solo Imperio, conformado por el conjunto de Estados años antes conocidos como los países desarrollados, con un aparato de regulación descentrado y desterritorializado, que progresivamente fue incorporando la realidad global de manera abierta y expandiendo sus fronteras más allá de lo que nunca imaginaron sus antepasados colonialistas.
Obviamente, para que aquellos pocos hombres lograran usurpar tanto poder y así crear y controlar este inmenso Imperio, primero tuvo que crearse un sistema de dominación aceptado por todos los Estados, naciones y pueblos que habitaban ese planeta. Este sistema universal de opresión fue llamado Patriarcado por las mujeres que pudieron verlo y entenderlo por vez primera. En sus inicios, esta forma de dominación se basó en un sistema familiar en el que el padre tenía poder absoluto sobre madre, hijas e hijos. Pero con el tiempo se fue haciendo más sutil e intricado. Ya para el Siglo 18, el mero hecho de ser definida como hombre o mujer en el momento de nacer, determinaba qué valor económico, social, ideológico, simbólico o cultural se le otorgaba a esa persona; también limitaba los roles que podría desempeñar durante su vida. Los engranajes de l sistema se habían perfeccionado de manera tal, que durante siglos se creyó que este era el orden natural de las cosas, así definido por el dios mismo.
En el Siglo 21 este sistema de dominación era tan complejo y a la vez tan sutil, que no era fácilmente identificable. El discurso para ese entonces era que mujeres y hombres eran iguales. Pero la verdad, casi nada había cambiado y cada vez menos manos masculinas controlaban más y más vidas. Las mujeres cargaban todavía con la mayor parte del trabajo no remunerado, seguían siendo víctimas de la violencia y solamente poseían el 1% de toda la riqueza del planeta. Pero tampoco tenían todas las mujeres el mismo valor, ni estaba prohibido para todas ejercer ciertas funciones. Es más, algunas mujeres eran ciertamente muy poderosas, aunque esto no las excluía de las violencias patriarcales.
Tanto se sofisticó ese Patriarcado, que la violencia extrema contra las mujeres llegó a vivirse como erotismo. Así la vivían muchos hombres y no pocas mujeres. El lavado de cerebro de todas, llamado por algunas científicas sociales “socialización patriarcal”, hizo que las mujeres “voluntariamente” se sometieran a las más dolorosas y humillantes torturas: en algunas naciones, las madres le quebraban los pies a sus pequeñas hijas para que éstos fueran fuente de placer sexual para sus futuros maridos – hombres incapaces de erotizarse con mujeres que pudieran caminar libres de dolor.
En otras latitudes, la sutil colonización de las mentes femeninas las llevaba a colocarse, ellas mismas, instrumentos especiales de tortura en los pies; y mientras caminaban mal, insistían en que no les dolía. Estos instrumentos llamados “tacones altos”, con el tiempo les deformaban pies, columna vertebral y órganos reproductivos. Pero la socialización era tan invasiva, que aún conociendo las consecuencias para su salud y sus vidas, ellas los seguían utilizando: sabían que a sus hombres no les gustaban las mujeres que pudieran caminar con los pies sobre la tierra. Y, sin el aprecio de los hombres, a las mujeres se las hacía sentir que no valían nada.
Eran tan absurdas muchas de las tradiciones en el Planeta Tierra, que para tener feminidad, los cuerpos de las mujeres tenían que ser moldeados a la manera decidida por los varones más poderosos de cada cultura. Y en nombre de ésta, en algunas se usaba que a las mujeres les desgarraran sus órganos sexuales. En otras, pechos, piernas, caderas, labios, ojos, o cualquier otra parte de sus cuerpos, se inflaban o encogían al gusto de las normas de belleza establecida por los misóginos patriarcas. Aún en otras tradiciones, a las mujeres se les obligaba a esconder todo menos los ojos, porque las normas patriarcales dictaban que el físico femenino perturbaba a los varones. Así fue como en todas las culturas terrícolas, la apariencia y el bienestar de las mujeres llegó a ser decidido por los patriarcas que ejercían su misoginia parapetados detrás de la religión, la tradición o la moda.
Pero la misoginia y la violencia iban más allá. En todas las culturas y en todos los Estados, muchas mujeres eran violadas por sus propios padres, hermanos, compañeros y amigos. En todas se mutilaba, golpeaba, traficaba, embarazaba forzadamente a las mujeres; y en todas se hacía creer que esto era culpa de ellas y que se lo merecían. Y aún cuando muchos de los terrícolas varones aceptaban que la violencia contra las mujeres era una violación a sus derechos humanos, la mayor parte de la humanidad creía que este era un problema menor, comparado con tantas otras crueldades que las personas cometían entre sí. O peor aún, que dada la necesidad de respetar la diversidad cultural, esta no era verdadera violencia, aunque fuera el producto de la más amplia cultura misógina que era la base de todas las sociedades y comunidades de la tierra.
Tanto fue el odio y la violencia contra las madres, las hijas, las hermanas, las amigas y las colegas de los hombres; y tanta fue la complicidad de demasiados hombres con este sistema, que no se dieron cuenta que a la mayoría de los hombres esto también les hacía daño. No entendieron que un sistema que deshumanizaba precisamente a quienes tenían el poder sagrado de dar vida, era un sistema que estaba basado en el desprecio por la creación y la vida misma. No vieron que un sistema así, inevitablemente degeneraría en uno que le haría la guerra a la naturaleza. Así, para el Siglo 21, el Patriarcado había destruido el ozono, enrarecido el oxígeno, contaminado las aguas y envenenado las cosechas con pesticidas.
Aún más, no vieron que se convertiría en un sistema de explotación de las inmensas mayorías por unos muy pocos. Y así efectivamente pasó: el Imperio se aprovechó del ya globalizado Patriarcado, para globalizar también su creencia en el Dios Mercado y declarar la guerra a quienes no se sometían a él. O para ser más claras, el Imperio estaba ferozmente arraigado en ese patriarcado, y jamás podría ser vencido sin que sus misóginas raíces fueran extraídas desde el fondo.
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