Mi cuerpo, algo tan mío, tan íntimo, tan absolutamente personal y aun así, no tengo idea de sus maravillosos secretos. Intuyo su perfección por algunos de los placeres que me brinda y su imperfección por las angustias que me causa.
Sabemos tan poco de nuestros cuerpos. Podemos relacionarlo con factores del medio ambiente, pero no nos imaginamos lo íntimamente interconectados que están con todo lo que nos rodea. Este artículo trata de la relación de nuestros cuerpos con los microbios y como hemos evolucionado a través de la historia.
En realidad los microbios nos habitan, convivimos con ellos, somos una sola cosa que camina, que vive, y que suspira. Se ha calculado que el cuerpo de una persona adulta está compuesto de alrededor de 10.000.000.000.000 (10 13 ) de células humanas, y que los microbios que nos habitan son 100.000.000.000.000 (10 14-16 ). Es decir, nuestra flora microbiana, que vive en nuestro intestino, nuestra piel y nuestras mucosas es de 10 a 100 veces mayor que nuestras células mamíferas. Entonces, la pregunta es ¿quién parasitó a quién? ¿Quién es quién? ¿A donde está la línea que nos separa? Un todo que vive en el equilibrio dinámico: compitiendo y cooperando al unísono.
Cuando venimos al mundo, nuestro cuerpo debe inmediatamente ser colonizado por los microbios que circulan los aires o que habitan los diferentes rincones del cuerpo de las personas a nuestro alrededor. Por eso, en los últimos años se ha hecho hincapié en la importancia de poner el bebé inmediatamente en los brazos de la madres, ambos desnudos para que la/el bebé se alimente del pecho materno. De esta manera, son los microbios de la madre los que colonizan al bebé y no los microbios que deambulan por los hospitales, donde se concentran aquellos que producen enfermedades.
Los microbios de nuestra flora son simplemente otros seres con quienes compartimos este planeta. Igual que nosotras, necesitan un lugar donde vivir y comer, pues su propósito último es el de perpetuarse. Por lo tanto, las diferentes partes de nuestro cuerpo le sirven a los diferentes microbios de albergue, y se alimentan de sustancias que nosotras producimos. Algunas bacterias utilizan las sustancias que producen nuestras glándulas sudoríparas y sebáceas a nivel de la piel, produciendo muchos de los olores característicos de los seres humanos. Así la bacteria que habita la piel de los pies, produce el olor típico de esa zona, y el olor característico de ciertos quesos es producido por una bacteria similar a la de los pies.
Los microbios que habitan diferentes zonas del intestino, comparten los alimentos que ingerimos. Entre ellos compiten por alimentos y por espacio, y esta competencia no permite que otros microbios que podrían producir enfermedad se instalen y nos produzcan daño. La flor del intestino nos protege contra microbios capaces de producir enfermedades y puede proveernos de nutrientes, como es el caso de algunas vitaminas.
La relación que existe entre nuestra flora intestinal y nosotras es tal, que estímulos que nos lleven a emociones fuertes, pueden alterar la composición de la flora fecal, haciéndonos susceptibles a enfermedades. Pienso entonces en como los diferentes abusos pueden influir en la armonía de nuestros cuerpos con los microbios que nos habitan, causándonos tal vez enfermedades que no sabemos de donde vienen.
Ahora bien, la vagina, por ser un ducto que se comunica con el exterior, también es muy rica en microbios que la habitan normalmente. Aquí el equilibrio dinámico es más frágil, por lo tanto las infecciones vaginales por microbios autóctonos son más frecuentes. El habitante más común de la vagina de las mujeres entre la pubertad y la menopausia es una bacteria llamada lactobacilo. Los estrógenos que son producidos durante la edad fértil de la mujer, hacen que se acumule en las células que conforman la vagina, un compuesto que se llama glucógeno. Este es utilizado como alimento por los lactobacilos produciendo como producto final el ácido láctico. El ambiente vaginal producido por este ácido, no permite que otros microorganismos proliferen en estos tejidos y mantienen la vagina sana. Cualquier desequilibrio que ocurra, ya sea a nivel físico o emocional podría desarmonizar este balance y producir las infecciones vaginales.
La presencia de estos lactobacilos en la vagina es muy importante durante el embarazo, pues la posibilidad de que se produzcan enfermedades vaginales decrece. Una disminución de estas bacterias favorece a infecciones y estas a su vez, favorecen el parto prematuro. Según estadísticas, las adolescentes solteras y mujeres de escasos recursos, y en general, aquellas que no desean sus embarazos, son en las que se ha observado más cantidad de partos prematuros, en comparación con el resto de las mujeres. Existen muchos factores para explicar este fenómeno, pero no se ha tomado en cuenta el efecto de las emociones sobre la flora bacteriana de estas mujeres y en la influencia que esto puede tener en el término del embarazo.